Cali aprendió a bailar antes que a caminar. En los años 60, mientras la salsa apenas se insinuaba en otros rincones de la región, en Cali ya era parte del día a día. Bocinas reproducían bugalús en cada esquina, los niños imitaban con el cuerpo lo que escuchaban, y las calles se transformaban en pistas de baile. Al caer la noche, tarimas improvisadas surgían en la vía pública, mesas y sillas ocupaban la vereda como parte del mobiliario urbano, y más de 300 locales abrían hasta que el cuerpo dijera basta.

“Ir a Cali es encontrarse con un ecosistema que está interconectado y vive por la salsa desde diferentes ópticas. La radio se enciende mientras los niños juegan, las señoras cocinan y los hombres trabajan, y sin saberlo todos entrenan el oído para luego bailar”, comenta Juan Carvajal, director de la cinta que retrata la salsa caleña, “La salsa vive”. «Diario El Comercio. Todos los derechos reservados.»